No sé por qué duro tanto tiempo sin escapar de la cotidianidad, sin romper ese cordón umbilical que me ata a ella y deshago todo tipo de rutina que quiera atraparme, asfixiarme, cortar mis alas, autocensurarme, volverme uno mas de ese montón de arruinados por la cotidianidad. Se los digo, no se por qué, y no se por qué ustedes tampoco se atreven, no buscan en su interior ese yo oculto en lo mas profundo de sus vida perdidas en la nada, y juntos nos decidimos a vivir, a ser felices, vivir sin antifaz, de cara al sol y verán como todos a nuestro alrededor también querrán ser felices por lo menos una vez.
Anoche, antes y luego de una tertulia en la Secretaria de Cultura, caminé por los bosques de almendro del amurallado parque Eugenio María de Hostos; vi sin comprender las pequeñas construcciones de la anterior plaza Juan Barón, en el lado del mar; entré a sus cafeterías, contemplé la exposición de litografías sobre la vida de Del Padre Juan Pablo Duarte en el Parque Independencia; me hice pueblo con par de discos voladores ( gigantes pastelitos de queso) y un jugo de granadillo; aborde la ruta 29, donde el espacio era mas estrecho que mis piernas, con una embarazada a mi lado, y dos mas que me tenían mas liado que un andullo, hasta que pude pedir parada en la ‘’matica’’ (que esperan para poner la jodida décimo tercer vía del metro! ¡El peatón si sufre carajo!). En fin que como miembro distinguido de la Asociación de Peatones Irredentos (API) tuve la oportunidad de tomar una nueva ruta Y A PESAR DEL CONCHO, ser feliz. Poder sentir las fibras que componen las cuerdas que me atan a esta ciudad ultramarina, donde sus habitantes ignoran que son a la vez isleños y costeños.
Para los que no se entraron, esos locos bohemios siempre bien desinformados, al otro lado de la media isla estuve, en Puerto Plata, cumpliendo con la muerte de uno de mis hermanos, auscultando en el cementerio municipal mi pasado, rastreando los osarios de aquellos que hicieron posible al redactor de estas voces al viento, de estos Viernes de Bohemia, y después de mucho buscar ahí estaban: los restos impertérritos de mis bisabuelos (por quienes me postré reverente al contemplar la urna por vez primera) mi abuelo Ramón (Mongo o patecatre) y, aun mas escondidos, entre muros de cemento y de silencio, mi hermana S. Nazaret, mi madre Angela y mi dulce abuelita Isabel. ¡Esa ciudad submarina ha de ser mi última morada!.-
Hay dos ciudades y una mujer
que laten con fuerza en los cuatro puntos de mi corazón
que domina por completo mis sentidos
La una es la morada postrera
de los huesos de mi estirpe
capricho submarino de mi alma
Esa otra ultramarina
Viejo cascaron colonial
Loba que amamantó mi tierna humanidad
Y la otra, Mujer embriagante y seductora
ninfa, poetisa escapada
De los dominios de Narciso
Por ellas vivo yo
Por ellas soy yo
Por ellas me doy por entero… Ransés 12:42 PM invierno viernes 20 de febrero del año 2009