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Viernes de Bohemia (24/07/2009)

 

 

¡¡Wao!! ¡Cuánto tiempo sin verte desde mi ventana Santo Domingo: tu cielo anublado por grandes copos blanco-grises, el termitero que no para de crecer, la fronda y su esplendor: un framboyán a lo lejos  ilumina mis ojos, como el Viejo Rey de Crinejas Doradas, que lucha en vano por sobrevivir a esta enormes nubes. La ciudad parece mansa desde aquí, casi como un niño dormido, si no fuera por la mariposa amarilla que pasó como un rayo, diría que esto es una pintura pegada a mi ventana… Y pensar que esta es la misma ciudad que hace 109 años, con 14,000 habitantes, se limitaba una ciudad intramuros, con algunos parajes distante como: San Carlos, Los Peralejos, Villa Duarte, etc., que mis bisabuelos (uno cubano y una dominicana) como todo el mundo, bebían agua de pozo y tinaja, que la basura era orgánica y se la comían los animales domésticos; rodeada de una arboleda enorme, sus calles de granza y recebo, poblada de letrinas y alumbrada a lámparas de carburo, que se trabajaba en dos tandas, a lo España; salpicada por algunos ladronzuelos, además de los políticos (claro está, pues son perenne); donde el ruido solo lo producía los pregones y los Sinsontes o alguna acémila imprudente. Eso sí, estrictamente controlados los espacios públicos. ¡Que Santo Domingo aquel! Imagínense a sus bisabuelos disfrutando de un chapuzón en Gűibia, con panqueo y todo. O como tierno corderitos, remando en el río Ozama, dándole muela a la bisabuela o con levita y sombrero de copa ‘’vitillando’’ a la adorada de su sueños en una regata en el parque Colon o en el teatro, la cual, más tiesa que una lápida, no se atrevía ni a mirar.

 

Déjense llevar por la imaginación y figúrense esa ciudad, la Primada del nuevo mundo, meses después de haberse lambío a Lilís, por los mocanos claro está (solo ellos pueden matar dictadores) al inicio de ese 1900, con diez grados menos de temperatura, con más ‘’friu’ querdiablu’’, a las 6 de la mañana, respirando el dulce aroma de los cafecitos mañaneros, que se elevaban, cual animas chocarreras, hacia el cielo para luego taladrar el olfato de los transeúntes, quienes asomaban sus rostros hermosos, iluminados por esa resplandeciente sonrisa, que se nos vino de contrabando hasta nuestros días, para pedir un traguito de aquella infusión milagrosa. ¡A ciudad aquella!  Con sus recuas cargadas de frutos del campo, su olor a cachimbo y boñigas de burros o mulas; con sus muchos transeúntes, sus quitrines de gente de primera: por cierto, gente con sus bigotes de brocha gorda levita y sombreros de copa y bastón, las señoronas con sus vestidos brocados y ruedos hasta las rodillas, sus aristocráticos moños, abanicos a la maja. ¡Que ciudad!

 

Por eso, mis queridos locos bohemios, al contemplar un trocito de ella, através de la ventana,  y ver en el monstruo imposible en el cual se ha convertido me digo: ¡Carajo, cuánto hemos perdido..!                        

 

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