¡Caray! Estoy que estallo de la alegría. Y no solo yo, toda la fronda a mi paso, camino a la maquina del sustento, me lo ha gritado: los enhiestos robledales, las caobas y volcánicas palmeras, los coralillos y las acacias, los fulgurantes framboyanes, los pinares y abedules, todos reverdecidos por el amante beso de las nubes; ¡Cuánto brillo y esplendor! ¡Cuánto reverdecimiento! Las hierbas lo gritaban a coro: Gracias a Dios volvió la lluvia. Santo Domingo recobra su cristalina esencia, su pluvial y fluvial naturaleza. ¡Alegrémonos todos! ¡Hay esperanzas!
Y en medio de este pañolón pluvial, de esta mantilla acuosa, con que nos inició este día, o conjuntamente con él, viene el recuerdo de una raza, inmortal, procedente de otros siglos, oriundo de lo más profundo de la palabra patria. Raza de héroes, hecha de pueblo y cielo. Centauros de la dignidad y el decoro. Raza que bajó por las vértebras de abril, hace ya tanto tiempo, dispuesto a desbrozar los marañas de la dictadura, que aun sin su amo, con sus mortales zarpazos hirieron la Patria un mal día, y coraje en mano, dignidad en la frente y amor en el corazón, hizo bramar los fusiles de la redención…
Mis queridos locos bohemios, aprovechemos este reverdecimiento y el recuerdo de estos héroes, hoy 24 de abril, para vivir la vida con decoro y harmonía, a sabiendas que somos copropietarios de cada milímetro de esta media isla y de su destino…