Ese salir de la oscuridad a la luz
desde las entrañas misma de las montañas
Esa alegría que se siente al iniciar el descenso
Esa roca gigante y prehistórica a la izquierda
que parece una calavera
y ese primer avistamiento del Atlántico
Ese cañaveral infinito
Esa Altamira de las Mariposas
Ese Luperón con su marina y su espada
Esa Isabela primigenia
Ese Maimón de ricos pescados
al borde de la carretera
Ese Costambar de playas, caracolas
y construcciones coloniales
que pareciera que el tiempo
se hubiese aposentado
hasta los confines del olvido
Ese río San Marcos languidecido
Esa loma majestuosa
que se viste de nubes
y se corona de estrellas
Esa fertilidad de sus tierras
Esa fortaleza San Felipe
y sus quinientos años de historia
Esa Poza Del Castillo
herida por el oro negro
Ese Malecón en las tarde de verano
Ese Longbiche de la infancia
su tiburón bolo, su lecho de rocas planas
sus senos cristalinos y su rey Neptuno
Esas calles que descienden de La Isabel
cual teleféricos, que van a pacer
dulcemente al Atlántico
Ese Mercado estrellado
Esos ruiseñores en los pinares
Esas quenepas carnosas
Esas manzanas de oro
Esos mangos mariposa y tostaditos
Esas casas victorianas y solariegas
Ese ámbar tan puro como gota de miel
Esa estación de bomberos
Esas bodegas de ron
Esos dulces de leche
y esa boruga nuestra
cual ambrosía terrenal
Esa glorieta en el parque
Esa 30 de marzo del desenfreno
y las pasiones desbordadas
Esas mujeres altivas
de suaves y voluptuosas caderas
piernas como columnas mulatas
y marfilinas sonrisas
Esos hombres bruñidos por el sol
y el submarino salitre atlántico
Esa tierra de poetas y patriotas
de cantores y trovadores
maestros y artesanos
al servicio de la patria
que despiertan el machete
cada vez que ha hecho falta
Esa Puerto Plata que a borbotones
brota desde el fondo de mi infancia
de mis días felices
y mis noches claras cargadas de estrellas
en aquel caserón de madera
de trancas en las puertas y ventanas
Ventanas abiertas a la vida
Ventanas abiertas al paso de la muerte
Ventanas abiertas donde la silueta de mi abuela
aun saluda a los que ve pasar
Ese caserón verde ya no está
allá en la Salomé Ureña 30
frente a la calle de Los Burros
tan poco mi abuela
ni mi infancia feliz.
Y hoy yo, atrapado en este Santo Domingo
tan pluvial,
evocando aquellos recuerdos de ayer
derramo lagrimas de amor
y dolorosa nostalgia. Ransés 9:47 AM Otoño 8 de Dic. 2008